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El misterioso tesoro nazi del Lago Toplitz

Las leyendas sobre la Alemania nazi nuca dejan de sorprendernos. Es una época que sigue fascinando a los amantes de la Historia por la cantidad de misterios desvelados o no que se sucedieron en ella. Hace poco, cuando la industria del cine sacó a relucir la vida y obra de los valerosos Monuments Men, nos volvíamos a quedar maravillados del ingente expolio y saqueo artístico que Hitler y sus hombres llevaron a cabo por toda Europa. Muchas de aquellas pinturas o esculturas fueron rescatadas para gloria de la cultura universal, pero muchas otras quizás se hayan perdido para siempre. Lo que pocos saben es que junto con el famoso Castillo de Neuschwanstein en Baviera y las interminables minas de carbón de los Alpes austríacos, hay otro sorprendente rincón en el que según cuentan los viejos aldeanos del lugar, los nazis también ocultaron grandes tesoros de todo tipo: el Lago Toplitz, más conocido como «el basurero de Hitler».

Tesoros nazis

Hitler, Hermann Göring y Karl von Rundstedt

Situado a sesenta millas de Salzburgo y rodeado de frondosos bosques y montañas, este precioso paraje siempre ha sido objeto de investigación por parte de cualquier buen Indiana Jones que se precie. Mide poco más de un kilómetro de largo, por unos ciento diez metros de profundidad. Sin embargo, si nos sumergimos por debajo de los veinte metros nos encontraremos que ya no hay oxígeno, que su temperatura es tan fría que puede provocar la congelación y que su visibilidad es prácticamente nula al ser unas aguas eminentemente cenagosas. Vamos, un escondite perfecto. Pues bien, cuentas las crónicas periodísticas germanas de los años cincuenta y sesenta que tras seguir diversas pistas al oro nazi que aún seguía desaparecido, fueron diversas familias de granjas colindantes las que señalaron el lago como un punto de encuentro entre oficiales de las SS durante la Segunda Guerra Mundial. Comentaron que durante la contienda se realizaron allí maniobras militares y también de otro tipo que no llegaban muy bien a comprender. Según Ida Weisenbacher, quien sería entrevistada en numerosas ocasiones a lo largo de su vida:

 

“Corría el año 1945 y era una fría noche de invierno. Serían aproximadamente las cinco de la mañana y como es lógico aun estábamos en la cama. Un fuerte golpe en la puerta de casa hizo que me despertara de un sobresalto. Baje rápido a ver quién llamaba a esas horas y fue entonces cuando se me heló la sangre por completo. Al otro lado había un grupo de oficiales alemanes que me instaron a que les preparara los carros y los caballos del establo pues le hacían falta de manera urgente. Los camiones que conducían se habían quedado atrapados en el fango del maltrecho camino que llevaba hasta el lago y necesitaban traspasar la mercancía que trasnportaban. Un comandante me ordenó que trasladáramos unas pesadas cajas de madera, señaladas y numeradas con pintura negra, desde los camiones a los carros y que las lleváramos tan rápido como fuera posible al Toplitz. Realizamos tres viajes con los carros llenos y cuando dejamos la última carga vi algo que me dejo desconcertada: los soldados arrojaban a las profundidades del lago todas y cada una de las cajas que con tanto esfuerzo habíamos llevado hasta allí. Aunque el oficial de las SS se apresuró en alejarme del lugar de inmediato, pude ver como el cargamento se hundía en el agua produciendo una oleada de espuma y burbujas”.

Lago Toplitz

En 1959 se rastreó el lago en busca del tesoro

Lo que los esbirros del Führer arrojaron al fondo del lago continúa siendo, en cierto modo, un misterio sin resolver. Y es que gran parte de lo que se sabe que sí echaron a sus aguas fueron millones y millones de libras esterlinas falsas. Moneda falsificada procedente de la famosa Operación Bernhard, ideada por Reinhard Heydrich, aprobada por Heinrich Himmler y ejecutada por el coronel Bernhard Krüger para hundir la economía británica y financiar el espionaje alemán en el extranjero, entre otros fines. Una maquiavélica historia que se cuenta al detalle en el magnífico film Los falsificadores, ganador del Oscar en 2008 a la mejor película de habla no inglesa.

Veinte años después del final de la guerra seguían apareciendo en sus aguas cadáveres que, casualmente, pertenecían a ex miembros de las SS. Se decía que el entorno estaba maldito, aunque era de suponer que aquellos antiguos agentes intentasen buscar por su cuenta El Dorado que escondía el Toplitz y, dadas sus mortales condiciones, acabaran pereciendo en él por no estar lo suficientemente preparados. Fue entonces cuando se prohibió la inmersión en el lago, se cercó el lugar e incluso se puso vigilancia. Con posterioridad han sido varias las empresas de alta ingeniería las que, con los permisos oportunos, han rastreado palmo a palmo el lago sin hallar más que algún otro billete falso. Incluso estuvo por allí la Oneaneering International Inc., prestigiosa compañía célebre por sus famosas búsquedas subacuáticas como la de la avioneta de John F. Kennedy Junior o la de los restos del siniestrado vuelo 800 de la TWA en 1996. Pero nada, el lodo, los troncos e incluso rocas de gran tamaño, sepultan un fondo que ni con robots o potentes brazos mecánicos manejados desde el exterior consiguen extraer nada de lo que se dice hay en sus profundidades. Por cierto, aquellas inmensas piedras son, según el investigador y biólogo germano Hans Frick, el resultado de la explosión controlada de una de las paredes de roca que circundan el Toplitz por parte de los nazis, con el objeto de hacer más inexpugnable aún el acceso a sus riquezas.

¿Solo habría lingotes de oro? Parece que no. A la posibilidad de que albergara reliquias arqueológicas de todo tipo, saqueadas por Himmler y su obsesión por el ocultismo a lo largo de varios continentes, hay que sumar la de la colosal Cámara de Ámbar de la emperatriz rusa Catalina II la Grande. Conocida en toda Europa como «la octava maravilla del mundo», fue en 1941 cuando el ejército teutón se apropió de ella al saquear los antiguos palacios zaristas y los museos de la Unión Soviética. Esta joya única en el mundo que desapareció misteriosamente durante los últimos días de la contienda, era un fastuoso salón del siglo XVIII construido íntegramente con ámbar semitransparente del Báltico. Las autoridades rusas, viendo el imparable avance alemán, decidieron llevarse todas las obras de los palacios de Leningrado hasta Siberia, pero con la Cámara fue imposible. Los siglos habían había resecado y agrietado el ámbar por lo que un rápido traslado por piezas podría provocar que se rompiera en mil pedazos. Por ello intentaron engañar a los alemanes forrando el salón con varias capas de papel, aunque sin mucho éxito. Los nazis se dieron rápidamente cuenta de la chapuza y, tras tomar el palacio, dividieron el salón en veintisiete partes, llegando a transportar más de seis mil kilos de ámbar hasta el Castillo de Königsberg -entonces Prusia oriental y hoy día la región rusa de Kaliningrado-. Aquí será donde se le perderá la pista para siempre. Su recuperación sigue obsesionando hoy día a las autoridades y al pueblo ruso.

En la actualidad el Lago Toplitz es una zona muy turística que recibe cada año a miles de visitantes. Es, sin duda, uno de esos muchos enclaves enigmáticos del planeta que todo buen amante del misterio no debe perderse.

 

 

 

Por David Rodríguez Cordón, @muyhistoria

 

 

 

Helen Duncan: la bruja que puso en peligro el desembarco de Normandía

¿Cómo? ¿Qué una bruja pudo dar al traste con la Operación Overlord y el desembarco de Normandía? Pues sí, eso es lo que pensaron los servicios de inteligencia británicos y la Royal Navy unos meses antes de la gran batalla en aguas francesas y que fue crucial para el devenir de la contienda. Y era bruja porque se la juzgó como tal en base a la arcaica Ley de Brujería de 1735 y que aún seguía vigente por aquel entonces. Y que conste que a Churchill todo esto le pareció siempre una soberana estupidez. Pero, ¿quién era en realidad Helen Duncan? ¿Era tan peligrosa como aseguraban? ¿De verdad conectaba con el más allá y le hablaban los espíritus de los soldados caídos en el frente? Analicemos esta increíble historia que bien podría dar para una nueva película de Woody Allen.

Nuestra protagonista nació a finales del siglo XIX en Escocia. De familia humilde empezó a trabajar pronto como operaria en distintas fábricas de productos de limpieza de la ciudad de Dundee. Se casó joven y fue madre de seis hijos. Parece ser que el poco dinero que ingresaban en casa ella y su marido la hicieron reinventarse -como se diría hoy en día-. Tanto fue así que el sector de lo paranormal acabó siendo el elegido. Y escogió bien, pues llegó a convertirse en la médium británica más famosa entre la década de los 30s y de los 40s del siglo pasado. Con seguidores y detractores por todo el país, la espiritista fue amasando una pequeña fortuna pues eran muchos aristócratas los que acudían a ella para intentar hablar con sus hijos muertos a manos de los nazis. Gente que se gastaba grandes sumas de dinero para que esta voluminosa señora entrara en trance y hablara por boca de los difuntos, no sin antes expulsar por ese mismo orificio o por la nariz grandes cantidades del famoso ectoplasma. Un fluido que los entendidos atribuyen a las apariciones físicas de presencias extrañas y que no es otra cosa que una sustancia viscosa y pegajosa. Más adelante se comprobaría que el susodicho y repugnante líquido no era más que un preparado a base de clara de huevo. Sin embargo, estas actividades le costaron más de un disgusto con la justicia a esta «mujer de bien», como ella se solía denominar. Un ejemplo de ello es la condena a la que se le castiga en 1933 por un tribunal de Edimburgo, cuando fue hallada culpable de estafa y multada con diez libras. Desde luego, Hellish Nell, otro de los nombres que utilizaba la señora Duncan, encontró todo un filón en la gran guerra para la consolidación paulatina de su negocio. Entre sus clientes empezaron a sumarse aquellos oficiales de alto rango del ejército inglés que perdían a sus seres queridos y con los que ansiaban contactar. De hecho, ésta es la hipótesis con más fundamento para averiguar de dónde provenía su fuente a la hora de conocer ciertas informaciones confidenciales y muy delicadas y que, al parecer, dijo saber por obra y arte del mundo de los muertos.

Helen Duncan

Helen en plena sesión de espiritismo

Todo acaba cayendo por su propio peso y eso fue lo que le pasó a finales de 1941, cuando una gran metedura de pata la puso en el ojo del huracán. Por aquel entonces Helen residía en la ciudad costera de Portsmouth. Allí, en una de sus teatrales sesiones, con los ojos vendados, atada de piernas y sujetada con fuerza de los brazos por dos de sus cómplices, la médium estableció contacto con el espíritu de un marinero embarcado en el famoso acorazado HMS Barham –una de las joyas de la armada británica-. Según los testigos, éste le reveló cuáles fueron exactamente las circunstancias de su fallecimiento, desvelando así que el Barham había sido hundido poco tiempo antes cerca de Malta y que gran parte de su tripulación había perecido en el naufragio. Y que tan cierto era: el 25 de noviembre de ese mismo año el buque fue alcanzado por tres torpedos alemanes, acabando así con la vida de más de 900 hombres. Cuando Duncan descubrió tantos detalles del hundimiento del Barham, el Almirantazgo británico aún no lo había comunicado de manera oficial por cuestiones propagandísticas -de hecho lo mantuvo en secreto hasta finales de enero de 1942, cuando los británicos se vieron obligados a reconocer la valiosa perdida después de que los nazis lo hicieran público y alardearan de ello-.

A partir de aquí, Helen Duncan comenzó a ser vigilada por las autoridades, aunque no fue hasta 1944 cuando se decidió actuar. El desembarco militar más grande e importante de la historia, tras la Operación Husky perpetrada en el Mediterráneo un año antes, estaba a unos meses de hacerse efectivo. Se trataba de una orquestada y hábil maniobra de suma importancia que, en el caso de salir bien, escribiría el comienzo del fin de Alemania. Pero, ¿y si aquella médium escocesa se enteraba de todo por algún bocazas borracho dispuesto a gastar su dinero en cuestiones del más allá? No cabe duda que todo se iría al garete y con ello las posibilidades de derrocar a Hitler. Lo mejor era echarle el guante a Duncan y sentarla ante un tribunal. Y la única ley que se pudieron sacar del bolsillo juristas y militares fue una antiquísima, de 1735: La Ley de Brujería. En uno de los artículos de la misma se recogía el castigo por la actividad fraudulenta de espiritismo. Ahí radicaba la clave. La pena sería mayor que juzgarla por la Ley de Vagancia y las informaciones de ese calado harían estragos entre los medios de comunicación que se encargarían de difamarla. Mala prensa y prisión. Con eso se acaba el problema Helen Duncan. Y así fue. Los responsables de su detención respiraron aliviados y seguro que pensaron que Europa estaba salvada. “Menudos zoquetes”, debió opinar Churchill de ellos. Algo que manifestó de manera firme en una carta enviada al Ministro de Interior, Herbert Morrison:

Envíeme un informe sobre las razones por las que la Ley de Brujería de 1735 ha sido utilizada en un tribunal de justicia moderno.
Cuál fue el costo de este juicio para el Estado, teniendo en cuenta que los testigos fueron traídos desde Portsmouth y se les ha mantenido aquí, en este Londres abarrotado, durante una quincena, y el juez ha estado ocupándose de toda esta tontería obsoleta, en detrimento de otros trabajos necesarios en los tribunales.

Helen Duncan con su marido

Helen Duncan -aquí con su esposo Henry- después de la guerra. Ella fue la última persona en Gran Bretaña en ser encarcelada en virtud de la ‘Ley de Brujería’

De esta forma, Helen Duncan pasó a la posteridad como la última persona condenada en virtud de la Ley de Brujería. La repercusión que tuvo el juicio contra la espiritista contribuyó a su derogación definitiva en 1951 por parte del Parlamento Británico. La reclusa cumplió su condena en la cárcel de Holloway, al norte de Londres, y cuando fue puesta en libertad prosiguió con su «trabajo». En 1956 la policía volvió a detenerla tras irrumpir en una de sus sesiones. Moriría poco tiempo después en su casa de Edimburgo. Actualmente existe un numeroso grupo de médiums británicos que continúa reclamando el indulto a título póstumo de su idolatrada Helen Duncan.

Para resaltar la hipocresía que a veces –o muchas veces- salpica a la historia, decir que el propio gabinete del Primer Ministro junto con el MI5 diseñaron en septiembre de 1940 el Departamento de Investigación Psicológica. Una rara oficina de guerra que mucho tenía que ver con los temas esotéricos, ocultistas y astrológicos para intentar derrocar al enemigo. Al frente del mismo estaba el especialista en parapsicología Louis de Wohl, quien llegó incluso al rango de capitán. Éste se dedicaba ni más ni menos que a predecir los movimientos de Hitler utilizando las estrellas. La idea surgió de la creencia de que el Fürher tomaba sus decisiones estratégicas siguiendo los consejos de su círculo de astrólogos y que, por tanto, uno de ellos debería ser capaz de deducirlas siguiendo ese mismo método. Todavía hoy en día se discute hasta qué punto la contribución de Wohl sirvió para algo. Entonces, si Churchill consintió la creación de tal departamento, habría que haberle preguntado a Sir Winston que cuánto dinero y esfuerzo le costó todo aquello. En fin, incongruencias de la vida.

 

 

 

Por David Rodríguez Cordón, @muyhistoria

 

 

 

El Partido de la Muerte: ¿realidad o propaganda?

Aquella ‘cult movie’ del gran John Houston acababa con final feliz. El equipo de fútbol liderado por Pelé, Ardiles, Michael Caine o Silvester Stallone, entre otros, conseguía empatar 4-4 con los nazis y los jugadores aliados escapaban entre los aficionados gracias a que estos se saltaban al césped a felicitarles por la hazaña conseguida. Era Evasión o Victoria (1981). Todo un éxito de taquilla que hoy día no puede faltar en la videoteca de cualquier aficionado al deporte rey y a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la verdadera historia de heroísmo y valentía en la que se inspira aquel épico film tuvo un desenlace bien diferente. ¿Pero qué hay de verdad y de propagandístico en la mítica historia del Partido de la Muerte?

Al parecer, la Unión Soviética idealizó en demasía la gesta para enaltecer la figura de la resistencia ucraniana -y por ende rusa, ya que por aquél momento Ucrania pertenecía a la URSS- frente a la Alemania de Hitler. Veamos pues hasta qué punto.

Evasión o Victoria

Imagen de la película dirigida por John Houston

La historia popular cuenta cómo tras una Kiev devastada por los germanos, el único entretenimiento para los ciudadanos era el fútbol. Tras una década gloriosa como la de los años treinta, en la que había una Liga bien organizada y estructurada, el estallido de la Segunda Guerra Mundial y el avance alemán hacía el Este hicieron que el balompié nacional se detuviera en mitad de la temporada 41/42 tras la ofensiva conocida como Operación Barbarroja. Los grandes equipos de entonces eran los rivales en el terreno de juego del Dinamo y el Lokomotiv de Kiev y los hombres de una y otra formación que no fueron reclutados por el Ejército Rojo comenzaron a buscarse la vida tras la disolución de la Liga. Muchos y variados oficios fueron los que empezaron a desempeñar: carpinteros, herreros, panaderos e, incluso, barrenderos. Caso éste último del gran portero del Dinamo Mykola Trusevych, quien encontraría un hueco laboral quitando el polvo en la panadería de un provechoso comerciante de Kiev. Fue precisamente éste, un tal Josif Kordik e hincha del Dinamo, quien se propuso formar un nuevo equipo de fútbol de viejas glorias e impulsar un campeonato local durante la primavera de 1942. De ésta forma, el guardameta recorrió las calles de la ciudad a la búsqueda de sus compañeros así como a los del Lokomotiv. Algunos vivían en la indigencia y su estado físico era deplorable. Otros habían sido hechos prisioneros por los nazis y nunca más se supo de ellos. En definitiva, consiguió reunir a un considerable grupo humano que a ojos de todos no tenían la más mínima pinta de futbolistas: famélicos y casi desnutridos. Poco a poco, y con una sana alimentación, los jugadores fueron tornándose en lo que una vez fueron. Sus fuerzas comenzaron a ir hacia arriba y con el entrenamiento adecuado volvieron a darle patadas al balón. Lo que siempre supieron hacer y que tan bien hacían.

Y así, en junio de ese mismo año, el flamante FC Start jugó su primer partido frente a otro combinado local llamado Rukh. 7-2 fue el resultado. La cosa prometía y el empresario Kordik, de origen alemán, se frotaba las manos pues su pequeña fortuna se veía incrementada un poco más por las victorias de su prometedor club. Quizás fue la económica la verdadera motivación del panadero para formar un equipo de fútbol. A partir de aquí, sus encuentros se contaban por goleadas. La calidad de quienes habían estado antaño en la élite futbolística era evidente. Resultados tales como 11-0, 9-1 ó 6-0 así lo atestiguan. Tanto triunfalismo del flamante equipo no pasó desapercibido para los oficiales de la Wehrmacht. De esta forma, las fuerzas armadas alemanas formarían su propio conjunto llamándolo Flakelf y que se mediría por primera vez al todopoderoso Start el 6 de agosto de 1942. La derrota germana fue contundente: 5-1. La moral de una ciudad ocupada y sumida en el oscurantismo nazi subió como la espuma. Los jugadores se convirtieron en héroes y su popularidad aumentó. Sin embargo, no contentos por la imagen ofrecida y por la derrota mental que supuso a los portadores de la esvástica, los perdedores exigieron la revancha. Algo a lo que no se pudieron negar, ante el evidente enfado y lo que esto podría suponer. El segundo encuentro se jugó 72 horas después. Como en la famosa película de Hollywood sonó el himno de Alemania y todos los jugadores fueron obligados a alzar su brazo, como mandaban los cánones del Tercer Reich. Los ucranianos se negaron. Como en la película, el árbitro designado por los ‘locales’ se encargaría de no cometer ningún fallo pues se trataba de un oficial de las SS. Y como en la película, las faltas y el juego marrullero por parte de los componentes del Flakelf fue una constante durante los noventa minutos. Incluida una patada en la cara al portero soviético que le provocó una grave lesión. Algo que tampoco supuso que se pitara falta ante el desconcierto de la grada y la desesperación de los jugadores. Aun así, al descanso del partido el Start ganaba 2-1 (otras fuentes hablan de 3-1). En ese momento un alto mando de la Wehrmacht bajó a los vestuarios y advirtió al valiente once de las graves consecuencias que supondría una derrota alemana. Ni cortos, ni perezosos, hicieron caso omiso a las amenazas y antepusieron su orgullo y coraje al miedo. Sabían que todo aquello era más que un partido de futbol y que una victoria daría alas a las esperanzas de libertad de una población hundida. Y así ocurrió. Según la leyenda soviética, los tantos marcados por los ucranianos en la segunda mitad fueron de libro. Uno de los antiguos jugadores del Dinamo, Goncharenko, mandó el balón a la red tras regatear a toda la zaga alemana. Y, por su parte, el defensa Oleksey Klimenko haría lo propio en la recta final del partido, aunque para humillación germana no marcó. Dribló al portero rival y optó por un vergonzoso indulto lanzando el esférico a la grada. Un gesto que encumbró aún más al FC Start. Con el pitido final el marcador mostraba un gran 5-3.

Días después, la Gestapo arrestó a varios jugadores alegando como motivo su pertenencia al NKVD –la Policía represora de Stalin-. Sufrirían la tortura hasta la muerte. El resto del equipo fue enviado al campo de prisioneros de Sirets, donde hombres como Klymenko, el portero Trusevich e Ivan Kuzmenko serían ejecutados en febrero de 1943. La historia se haría popular por aquellos integrantes que sobrevivieron y por un artículo en la prensa local que dio la vuelta al mundo. En 1971 un monumento escultórico a los futbolistas muertos fue inaugurado en el Estadio del Zenit en Kiev por el escultor Iván Horovyi.

Sin embargo, setenta y dos años después, la historia aún suscita debate y el último superviviente de aquella épica balompédica ha desmontado el mito al completo. Vladlen Putistin es hijo de Mikahail Putistin, uno de los jugadores ucranianos que se enfrentó en aquel encuentro y que también participó en él como mozo recoge-pelotas cuando tenía ocho años. “No creo que fuera un partido tan violento como se ha contado. Había mucha tensión, pero nada que no fuera lo normal de unos rivales dignos de este deporte. De hecho, tras los noventa minutos se tomaron varias fotografías en los que se ven a jugadores de uno y otro equipo posando en actitud cordial y amistosa”.

Foto familiar

El futbolista Mikahail Putistin y su hijo

Entonces, ¿qué ocurrió realmente? Pues según las palabras de este anciano que se decidió a contar su verdad hace un par de años, los arrestos y asesinatos de los futbolistas no fueron una consecuencia directa de los resultados de sus partidos contra los nazis. Es más, un tribunal de Hamburgo estableció en 2005 que no hay relación alguna entre ambos hechos. Vladlen contó que tras el fin de la Guerra Fría y la desaparición de la Unión Soviética es cuando comenzaron a desmitificarse muchas de las ‘gloriosas’ hazañas que su país había vivido durante la Segunda Guerra Mundial. Fue la compleja maquinaria propagandística de la URSS la que intentó diseñar una sociedad e idiosincrasia que sirviera como modelos tanto a sistemas políticos opresores como capitalistas. Putistin comenta que su padre se salvó, pero que aquellos que no tuvieron la misma suerte fueron ejecutados por su vinculación con el Partido Comunista y con el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos o NKDV. De esta forma, se les interrogaría infringiéndoles el máximo dolor pero sin éxito. Al no soltar palabra alguna la Gestapo decidió quitarles la vida o enviarlos a campos de trabajo y dar así ejemplo a la población de Kiev de qué es lo que le sucedería a quienes intentasen traicionar al Führer y sus planes expansionistas.

Siete décadas después sabemos también que tras la guerra circularon rumores de acusación contra el FC Start de colaboracionismo con los nazis. O sea, todo lo contrario de lo que pensábamos hasta ahora. Tanto es así, que una película rusa estrenada en 2012 y titulada Match aborda precisamente esa opción. A raíz de aquel film comenzaron a circular artículos en prensa sobre la supuesta simpatía que Hitler despertaba entre los jugadores ucranianos de aquella historia. De hecho, Vladlen Putistin llevó a varios medios de comunicación hasta el Tribunal de Derechos Humanos de Estraburgo por insinuar que solo los informadores lograron esquivar el pelotón de fusilamiento.

Según un artículo publicado hace algunos años por el Diario Marca, los poseedores de boletos para el partido del 9 de agosto de 1942 siguen teniendo en la actualidad libre acceso a los partidos del Dinamo de Kiev. Mientras, a las puertas del Start Stadium, una imponente estatua de inconfundible inspiración en el realismo socialista sigue recordando la gesta de los futbolistas que eligieron ganar antes que vivir. Alguien dijo una vez que ni todas las verdades son ciertas, ni todas las mentiras son falsas. Los que amamos el fútbol y preferimos el mito nos quedamos con la leyenda del Partido de la Muerte y su espíritu de lucha.

El Partido de la Muerte

Los jugadores de ambos equipos tras el encuentro

 

 

 

Por David Rodríguez Cordón, @muyhistoria

 

 

 

España: nido de águilas

Quédense con este número: 107. Ésta es la cifra -aunque pudo ser mayor- de personajes vinculados con la Alemania nazi que se refugiaron en nuestro país tras la Segunda Guerra Mundial. No es casual que decenas de ‘ratas’, como se les llamó, huyeran a esconderse a una España que a pesar de haber mantenido una política no beligerante en la horrible contienda, sí que tuvo muchísimos lazos políticos, económicos y sociales tanto con Hitler como con Mussolini.

Para comprender por qué se acogió de una manera más o menos encubierta a tantos individuos que habían sido responsables de la muerte de millones de seres humanos, debemos remontarnos hasta la Guerra Civil Española. Los generales golpistas Mola, Sanjurjo y Franco reciben el apoyo de una Alemania industrializada y todopoderosa que ve en la Península Ibérica no solo a un magnífico aliado político para una posible pangermanización mundial, sino que su ubicación geográfica la convierte en un apetitoso dulce por ser puerta de entrada tanto al Atlántico como al Mediterráneo y a África. La Legión Cóndor, con miles de hombres preparados tanto física como tecnológicamente, pues aparatos como los Stukas inician sus primeros vuelos en suelo patrio, llegan para luchar de lado del bando nacional. A Adolf Hitler le interesaba poner en práctica a sus soldados y probar in situ las tácticas militares que ya se estaban fraguando para una posible invasión de Europa –cosa que ocurriría el 1 de septiembre de 1939 con la ocupación de Polonia-. Y ese era el momento oportuno, siendo finalmente un rotundo éxito. El bando republicano, que recibió el apoyo de la URSS y de Francia, perdió la Guerra Civil y los ‘nacionales’ estaban, desde luego, en deuda con sus amigos teutones. ¿Qué si la Guerra Civil se hubiera ganado sin la intervención alemana? Complicado de predecir. Pero su colaboración sí que fue crucial para poner la pica definitiva de la victoria. Ahora tocaba devolver el favor.

Un país devastado por completo y que no podía tomar parte activa dentro de una guerra mundial, sí que podía pagar en especias. Franco ordena pues el envío ‘gratuito’ de miles de trabajadores, en condiciones casi esclavistas, a las grandes fábricas germanas: Mercedes, Volkswagen, Hugo Boss, etc. Asimismo, se organiza todo un complejo entramado empresarial en nuestro país que servirá para nutrir y abastecer de materias primas a la Alemania nazi: productos agrícolas, textiles o mineros, como el caso del wolframio gallego para la construcción de carros de combate. Fue la denominada como Red SOFINDUS (Sociedad Financiera e Industrial). También se procedió el envío de decenas de miles de soldados españoles a las filas de la Wehrmacht, conocidos como la División Azul. Y por último, se permitirá el establecimiento en España de una extensa red de espías por diversas ciudades españolas, tales como Barcelona, Madrid o Sevilla, así como el asentamiento de sendas delegaciones de la Gestapo dentro de los consulados alemanes de las urbes españolas más importantes. Tal y como habla José Manuel García Bautista en su libro Nazis en Sevilla (Absalon, 2011), estos espías posibilitaron por ejemplo el sabotaje de navíos mercantes o de guerra que atracaban en nuestros puertos, y con posterior destino a países aliados. Igualmente, introducían explosivos hasta el Frente de África del Norte o, incluso, participaron activamente en diferentes operaciones militares dentro de la Segunda Guerra Mundial, caso de la ‘Operación Mincemeat’ u ‘Operación Carne Picada’. Fue el caso por ejemplo de Adolf Clauss. Hijo de un antiguo cónsul en la capital hispalense, era una de las cabezas pensantes del espionaje en el sur de España y destacado miembro de la Abwehr -el servicio de inteligencia militar alemán-. Fue él quien fotografió los documentos que portaba el falso marinero William Martin –el hombre que nunca existió-, y que dio como válidos al enviarlos inmediatamente a Berlín. Es de todos sabido que, esta metedura de pata, costó a Hitler la pérdida del control del Mediterráneo al creer que los aliados desembarcarían en Córcega y Cerdeña en el año 1943, cuando realmente lo hicieron por Sicilia. Igualmente, espías como Franz Liesau, que residía en el número 52 de la madrileña calle de Alcalá, se encargaba de la adquisición de animales en los territorios españoles de Marruecos y Guinea para fines experimentales en Alemania. De esta forma, los ejemplares que este señor compraba de manera clandestina, servían de manera efectiva para la propagación de terribles enfermedades como la peste en los campos de exterminio nazis.

Tras la derrota alemana, muchos de aquellos espías que se establecieron en este país, consiguieron permanecer en él o huir a tierras sudamericanas con la inestimable ayuda del régimen imperante de aquél entonces, de la Falange y de diferentes organizaciones clandestinas que ayudaban a escapar a oficiales nazis de las garras de norteamericanos y británicos y, posteriormente, de los caza nazis israelíes. Aquellas organizaciones ‘ilegales’ eran ODESSA (del alemán: Organisation der ehemaligen SS-Angehörigen – Organización de Antiguos Miembros de la SS) asentada en Madrid, y la Red Ogro, cuyo cabecilla era el cónsul alemán en Málaga. Son muchos los altos mandos que habían luchado con Hitler los que consiguen escapar por la llamada ‘Ruta de las ratas’ desde Alemania a Roma y de ahí a España o al continente americano. En la mayoría de los casos, la extradición de estos individuos se evitó otorgándoles nacionalidad y pasaporte español. Y es que a pesar de que al poco tiempo de finalizar la guerra nos convertimos en amigos de los americanos, en la llamada Guerra Fría contra los soviéticos, los alemanes que residían aquí aún seguían manejando muchísimo poder económico y financiero. Los pagos en oro y en metálico al régimen para mantener la boca cerrada se sucedieron por doquier. Es más, recordemos que los propios norteamericanos reclutaron a decenas de oficiales nazis para utilizarlos como espías contra la URSS, o como científicos destacados en diferentes campos.

Así pues, a los destacados nazis que ya tenían acomodo en la geografía española, se les sumaron los que vinieron después. Toda una legión de ex combatientes del Führer, entre los que había sádicos médicos de campos de exterminio, escoltas de la seguridad privada de la jerarquía nazi e, incluso, el hijo que nunca tuvo Hitler. Algunos de estos individuos fueron:

-Aribert Heim. Hasta hace pocos años se le buscó en el Levante español. Su presunta muerte sigue siendo un misterio. Sus hijos mantienen que falleció de cáncer en El Cairo en 1992. Así, por ejemplo, aparece publicado en Wikipedia. Aunque judicialmente el caso quedara cerrado por unos documentos aparecidos que confirmarían su defunción, muchos cazadores de nazis no lo tienen del todo claro pues su cuerpo nunca apareció. Este antiguo miembro de las SS dejó una huella difícil de borrar entre los prisioneros del campo de concentración de Mauthausen. Y eso que solo pasó menos de dos meses en aquel confinamiento de exterminio humano. Sin embargo, esas pocas semanas bastaron para que Heim asesinara a unos 300 presos con sus sádicas prácticas médicas. Entre otras atrocidades, abría en canal a los gemelos judíos para extraerles órganos y cronometrar el tiempo que tardaban en morir uno y otro. Luego, les cortaba las cabezas para exhibirlas como trofeos fuera de la enfermería. Tuvo muchos apodos como el Doctor Muerte o El carnicero de Mauthausen. Los españoles de este campo de concentración también le llamaban El banderillero, por su afición a pincharles hormonas de animales, benceno, combustible para tanques, etcétera. El Centro Wiesenthal siempre sospechó que residía en la localidad alicantina de Denia. Un argumento que razonaba por las diversas transferencias bancarias que su familia hacía periódicamente a una cuenta española. La última fue de 180.000 euros. Hay quien piensa que aún podría estar vivo.

-Anton Galler. Otro vecino, nada ilustre, que vivió en Denia, Alicante. La tumba de éste cruel asesino en el cementerio de aquel municipio todavía sigue recibiendo misteriosas visitas. De su armario también colgaba el viejo uniforme de las SS. Atuendo que vistió como comandante del batallón que, durante la ocupación italiana en 1944, protagonizó la terrible masacre en el pueblo montañés de Santa Ana. Una matanza que causó la muerte de 400 civiles, en su mayoría mujeres y niños.

-Otto Remer. Jefe de Seguridad de Hitler y Teniente General de las Waffen-SS, participó en la desactivación del famoso complot para asesinar a Hitler el 20 de julio de 1944 –Operación Valkiria-.

Otto Ernst Remer

Tras su llegada a España, fue uno de los encargados de seguir sembrando la semilla del nazismo con artículos publicados en revistillas de corte fascista. Residió en Marbella hasta que falleció en 1997, a la edad de 84 años.

Otto Skorzeny. Antiguo coronel de las SS y responsable de ODESSA en España. Gran experto en acciones de espionaje y sabotaje, fue apodado por los americanos como Cara Cortada debido a las grandes cicatrices que surcaban sus mejillas. Se hizo famoso por  llevar a cabo la famosa ‘Operación Greif’ en las Ardenas, lo que le valió el título de El hombre más peligroso de Europa por los aliados. Tras el conflicto bélico consiguió asentarse en la capital de España y ayudó a escapar por todo el mundo a numerosos camaradas. Murió con total inmunidad en Madrid en el año 1975.

-Wolfgang Jugler. Perteneció al séquito personal del Führer. Este ex SS eligió como muchos otros la Costa del Sol como paraíso para vivir. Sin duda, una tierra que cautivaría a los criminales nazis por su excelente clima. En cierta ocasión, un agente de una compañía de gas que tuvo que visitar el apartamento de Jugler para realizar unas inspecciones rutinarias, dijo: Su casa es un monumento a Hitler. Lo tiene todo empapelado con sus fotos y hay cuadros de él con enormes marcos de oro macizo”.

-Fredrik Jensen. Fue uno de los pocos extranjeros condecorados con honores por Hitler. Responsable de la muerte de centenares de judíos, fue agasajado precisamente por ello en sus días de gloria. Tras la guerra pasó diez años en prisión y luego se convirtió en un próspero industrial en Suecia. En los setenta se compró un majestuoso chalet en Marbella, donde pensaba pasar su jubilación. Gracias a las presiones ejercidas por la Interpol, en 1994 fue detenido y deportado a los Estados Unidos, aunque el proceso acabó siendo de una inutilidad total favoreciendo que Jensen regresara a Andalucía. Una ineptitud que provocó que nunca recibiera el castigo de la justicia. Murió en 2011.

-Hauke Pattist. Según un artículo publicado hace unos años por el periódico asturiano El Comercio,  a este criminal de guerra que residía en Ribadasella, le gustaban los coches, la caza y las tertulias de café. Escanciaba sidra con maneras de experto. Se reía estrepitosamente y por las tardes, si el invierno le daba una tregua, paseaba sus 73 años por la ribera del río. Fue buscado por la justicia holandesa por crímenes de guerra. En 1946 un tribunal lo había condenado a cadena perpetua como culpable de la detención de más de 2.000 judíos en Amsterdam, muchos de los cuales fueron torturados o asesinados después. Pero escapó. La Fundación Wiesenthal lo consideraba un objetivo prioritario. Pattis reconocía abiertamente su militancia en las SS, pero siempre negó los cargos. Según el diario El Comercio, decía: “Han sacado las cosas de quicio acusándome de tantas barbaridades. Total, por mearle encima a una judía embarazada…”. Igualmente, siempre contaba un terrible chiste que solo le hacía gracia a él: “¿Sabéis cómo entran 50 judíos en un Seiscientos?… Pues en el cenicero”. Pattist murió en Langreo en 2001 evadiendo la justicia de su país, pues España jamás admitió a trámite ninguna solicitud de extradición del gobierno holandés.

De entre esta larga lista de ‘refugiados’, hubo uno que destacó sobremanera, pues se hizo un hombre fuerte y muy activo dentro del post fascismo que empezó a resurgir entre los años 50 y 80: Léon Degrelle. Un personaje clave dentro de la trama de mi novela de ficción histórica ‘El Futuro Será mejor Mañana’ (Seleer, 2013).

 

Léon_Degrelle

El Sturmbrigade Wallonien Josef “Sepp” Dietrich, Léon Degrelle y el SS-Obersturmführer Jean Vermeire. Charleroi, Bélgica, 1 de abril de 1944

Degrelle combatió junto a las fuerzas del Eje en la Segunda Guerra Mundial en la Legión Valonia, una unidad belga adscrita a las Waffen-SS. Encontrándose en Noruega tras la rendición incondicional de Alemania, logró escapar a España con otro oficial nazi llamado Robert du Welz, donde el régimen de Francisco Franco les protegió durante décadas. Bélgica pronunciaría in absentia la sentencia de muerte de Degrelle por crímenes de guerra, algo que nunca se llegó a ejecutar. La oportuna concesión de la nacionalidad española lo libró de ser extraditado tras la caída del franquismo y dedicó sus últimos años a escribir propaganda fascista. Fue líder de los círculos nazis con más peso de España, además de participar enérgicamente en la reorganización del neonazismo en Europa. Se vanagloriaba de decir abiertamente que en una ocasión Hitler le dijo: “eres el hijo que nunca tuve”.

Durante su estancia en suelo español, vivió en la localidad sevillana de Constantina bajo el nombre falso de José León Ramírez Reina. Se le conocía como Don Juan de la Carlina -la Carlina era el nombre del enorme palacete que tenía en el municipio sevillano- y se hizo con el cariño de sus habitantes. Sin embargo, tras el amable Don Juan, se ocultaba alguien más siniestro. Los más mayores de este bello municipio de la Sierra Norte de Sevilla aún le recuerdan, e incluso hay quien asistió de niño a algunas de las majestuosas fiestas que daba para la aristocracia y las personalidades del momento. Se erigió en un importante constructor al que se le concedieron grandes contratos en las bases americanas de Rota y Morón. Terminaría sus días de forma placentera a la edad de 87 años, en aquella provincia de Málaga plagada de camaradas. Sus cenizas fueron esparcidas por su familia en la antigua residencia de verano de Hitler en Berchtesgaden, en el conocido como Nido de las Águilas. Un nido que nada tuvo que envidiar a nuestro país, en cuestión de arropar a muchos de los más grandes criminales de la Historia. Criminales que nunca ocultaron sus ideales raciales y su pasado nazi. Y que, por supuesto, nunca se arrepintieron.

 

 

 

Por David Rodríguez Cordón, @muyhistoria